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lunes, 23 de octubre de 2017

Mujeres, somos la leche

A esa madre que sube las escaleras hacia el cole con su hijo de 3 años y su bebé de apenas dos meses en brazos.

A la madre que hace malabares para atender a sus mellizos y su hijo mayor.

A esa mamá que con un bebé de mes y medio aún le quedan fuerzas para ponerse a estudiar una oposición.

A esa otra madre que siempre con prisas recoge a su pequeño de la guarde para que le de tiempo a llegar al colegio a por la mayor.

Y a aquella mujer que se lleva a sus hijas a trabajar, mochila de porteo a cuestas conciliando vida laboral y familiar.

A la señora que ha plantado cara a la vida después de quedarse sin trabajo reinventándose las veces que haga falta.

A la hermana que cree en un mundo mas justo formándose en igualdad de género.

A la mamá que hoy no tiene a su bebé consigo.

A la mami que ha tenido un parto difícil y sueña con el parto deseado.

A esa joven que ha decidido tirar hacia adelante con el embarazo.

A la chica que decide ser madre soltera.

A esa mujer que lucha contra un cáncer.

A aquella que ya no puede luchar y vive disfrutando del presente como si se tratara del último momento.

A esa madre primeriza cuyos comienzos con la lactancia fueron complicados y se empeñó en conseguirlo.

A la amiga embarazada que disfruta de sus ultimas semanas.

A las emprendedoras que montan su propio negocio.

A esa pedazo de profesional que tiene que pelearse por su puesto de trabajo en un sector principalmente masculino.

A la amiga que decide hacer terapia y mejorarse día tras día.

A la que hoy es abuela pero antes fue madre e hija.

A la abuela que ya no está.

A la mujer que quiere quedarse embarazada y a la que no puede.

Y por supuesto a esa mujer que ha decidido no tener hijos.

Todas podríamos sentirnos identificadas, todas somos mujeres reales.

A todas vosotras os digo que sois, somos, unas valientes, unas luchadoras.

Desde que empecé en esto de la maternidad he ido conociendo a muchas mujeres, mirándolas desde otro prisma, otra perspectiva.

Desde la admiración. Cada una con su motivo.

De todas he aprendido algo.

De las mas cercanas aprendo día a día, de mi madre, de mi hermana, de mi suegra, de mi amiga.

Muchas mujeres nuevas que van y vienen en mi vida, de grupos de apoyo, de aquí y de allí.

De otras aprendo a través de las redes sociales, aunque no os conozca en persona.

Todas sois bellas, por dentro y por fuera.

Somos fuerza, somos vida.

Cada vez mas nos apoyamos las unas a las otras, dejando atrás esa competitividad que nos han hecho creer que debía de existir entre las mujeres.

Nos revelamos contra un sistema mayoritariamente machista.

Salimos de esos cánones y roles ya estipulados.

Las mujeres estamos unidas por algo invisible, una camaradería que debería de existir en todas nosotras, aunque desgraciadamente a veces no es así.

Nuestros hijos son nuestro legado. Hablémosles de la vida, de lo bueno y de lo malo.

Nosotras que somos capaces de alimentar a un@ o vari@s hij@s, nuestro cuerpo está creado para albergar vida y dar vida.

Nosotras que movemos el mundo, que damos vida al mundo y que deberíamos de dirigir el mundo.

Nuestros pies dan los pasos para comenzar el camino del cambio, nuestras manos las herramientas para llevarlo a cabo, en nuestra mente la sabiduría, en nuestros corazones el amor y la fuerza para conseguirlo.

Querámonos, luchemos juntas.

Andemos de la mano este camino hacia el cambio.

Porque si, como dice Alba Padró, ¡somos la leche!

A todas vosotras gracias.







martes, 1 de agosto de 2017

Construyendo una nueva identidad

Cuando eres madre dejas de ser la mujer que eras para convertirte en una nueva.

El cambio es continuo. Empieza una vez que te quedas embarazada pero no se acaba cuando das a luz. Es constante. Es un cambio diario, en el que día tras día dejas de ser lo que fuiste ayer para ser alguien nuevo mañana. Siempre madurando, siempre para adelante, siempre fuerte.

Recuerdo la primera ducha que me di en casa después de llegar del hospital. Salí temblando. Pero no era un temblor de frío, era ese temblor mezcla de miedo y de nerviosismo.
Me di cuenta que no estaba preparada para todo lo que me venía. No estaba preparada para cuidar de ese ser tan pequeño, que ni si quiera sabia como tenía que cogerle. Tampoco estaba preparada para soportar ese maremágnum de hormonas revolucionadas, ni para gestionar los saltos de una emoción a otra.

O eso creía yo.

Ese acontecimiento en mi vida me hizo dar el paso de niña a mujer. Al fin y al cabo yo no era mas que una joven de 26 años que todavía luchaba por controlar sus propias emociones y en pleno conocimiento de si misma. 

Pero la maternidad te cambia. Por completo. 

El cambio físico. Es hermoso ver crecer tu tripa. Hasta que empieza a pesar tanto que te tira de la espalda, hasta que dejas de verte los pies, hasta que ponerse las zapatillas es toda una proeza. Pero es precioso saber que tu útero es el mejor lugar donde puede darse vida.

Los pechos cambian: aumentan, se hinchan, sube la leche, los pezones se endurecen,en el mejor de los casos no se agrietaran. Cambian de color. Durante un tiempo serán fuentes. Serán el alimento, el calor, el consuelo, la vida para tu bebé. La diferencia de tamaño entre uno y otro será considerable. Y llegará un momento en que se consumirán. Nunca serán como antes. Al igual que tu.

Aparecerán estrías. Esas lineas blancas, esas marcas de guerrera. Esas marcas de vida.

Tus vísceras por dentro, tienen que volver a recuperar su posición, tienen que volver a reubicarse, al igual que tu.

Y de repente, descubrirás que tienes un suelo pélvico del que no conocías nada antes de quedarte embarazada. Y que después del parto necesita cuidados, al igual que tu. 

Son muchos los meses que el cuerpo necesita para volver a ser el de antes. Con algunos matices: cicatrices, marcas, suturas.

El cambio a nivel mental, a nivel emocional, a nivel psicológico y espiritual. Cambian los esquemas mentales compuestos en tu cabeza. Cambia la manera que tienes de ver la vida.

Durante unos meses desaparece el autocuidado. Cuidar de un bebé, atender sus necesidades, estar día tras día con alguien tan demandante hace que vayan pasando las horas en una especie de supervivencia. Los primeros meses se sobrevive. No menciono todo lo que conlleva seguir llevando la casa, el trabajo, visitas y amistades. Cuidar la vida en pareja. Seguir con esa vida de super woman con tu cara bonita y alegre. Seguir con esa presión social y por qué no también un poco autoimpuesta. Todo esto hace que te olvides de ti misma y ese es un error nefasto que cometemos desde el minuto uno.

Recuerdo que durante el primer año de Delfinete me decían, tienes que tener al menos una hora a la semana para ti. Yo decía que con un bebé tan demandante no podía dejarle una hora sin su teta a libre demanda. Tampoco me apetecía separarme de el. Y confieso que no me lo permitía. Como siempre la culpa asomaba cada vez que pensaba en hacer algo exclusivo para mí.

Pero acabé por darme cuenta de que para cuidar hay que cuidarse. Para poder ofrecer la mejor versión de una misma hay que parar a escucharse, sentirse y dedicarse un rato.

Reconozco que todo lleva su tiempo y aunque la necesidad de cuidarse está ahí, porque en realidad nunca se ha ido, tiene que volver a nacer.

Es imprescindible el autocuidado. Difícil los primeros días o meses, pero hazlo. Cada una tiene su ritmo, cada una tiene su tiempo de adaptación a la nueva situación. No te olvides de ti. Conviértelo en una rutina y haz lo que te apetezca, ya sea dormir, leer y quedarte dormida, ver una peli y quedarte dormida, escribir y quedarte dormida ... eso sucederá al principio... luego puedes ir unas horas a bailar, a hacer deporte, a cenar con las amigas, a hacer terapia, salir, desconectar ... sigue maquillándote, ponte guapa, siéntete bonita, deja las camisetas de lactancia y ponte lo que te apetezca.

No se por qué la imagen mental de la maternidad va asociada a camisetas anchas, teta-accesibles y con manchas de leche. Con olor a vómito. Donde tus mejores amigos serán los discos de lactancia que tienen vida propia por cierto. Nunca están en el punto exacto donde comenzará a manar la leche.

También es moño descuidado y ojeras. Olvídate de ponerte los pendientes. Y consumo exagerado de café (si, se puede tomar café dando el pecho, con moderación) y chocolate (aquí no hay moderación alguna).

Y por cierto, es mirarte deprisa en un espejo y ver que todavía tienes tripa. (Con Unai hubo gente que al tercer día de haber dado a luz me decía que me había quedado con mucha tripa y seguía gorda. Y al cuarto día, y a la semana y a las tres semanas ... ¡con lo bonita que me vía yo con mi bebé y mi alegría, chica le quitan a una la ilusión!) ¡Aviso importante!: abstenerse de ese tipo de comentarios hirientes y molestos. ¿Dónde se ha visto que después de llevar 40 semanas a un bebé de 3 kilos y litros de líquidos varios una tenga que quedarse plana al día siguiente, deshinchándose como un globo?. Pues en esta sociedad que nos impone el titulo de super woman. La falsa maternidad, esa es la que llamo la maternidad rosa.

Es cierto en algunos momentos y durante un tiempo esa puede ser la imagen que llegas a tener de ti misma, pero todo se acaba y puedes volver a ser la de antes, siempre con matices claro.

Lo escribe alguien que durante mucho tiempo no se ha cuidado ni a nivel físico ni a nivel personal.

Cuando Delfinete hizo el año, lo vi claro. Vi tan necesario volver a hacer algo de deporte y de tener un rato para quererme. Una voz me gritaba por dentro. La mente es sabia. Cuando ya no podía más acabé aceptando que necesitaba ese espacio, cortar esa dependencia mama-bebé por un rato. Me apunté a zumba dos veces en semana y empecé a hacer terapia.

Todos deberíamos de ir a terapia a conocernos un poco más. Son muchas las cargas familiares que heredamos. Deberíamos de hacer un trabajo personal intenso antes de tener hij@s.

A mi me salvó la terapia. Hablar de mí, de mis miedos y emociones. Conocerme, antes y después de ser madre. Empezar a construir una nueva Andrea, con todo lo que he sido en un pasado y lo que soy ahora para ofrecer la mejor versión de mi misma, no solo a mis hijos, si no a mí.

Todo lo que eres antes de ser madre se esquematiza de otra manera. Sigues siendo tu pero en otra versión. Tienes mas amor, mas intuición, mas alegría pero también mas miedos y mas preocupaciones.

Comienzas una lucha interna con nuevos patrones de conducta, los que has heredado sin darte cuenta y los que que empiezas a conocer.

Te encuentras con que lo que no te gustaba de tu madre, lo repites. Has aprendido mucho de ella,de lo bueno y de lo malo. Sus maniáticas manías, su orden exagerado, el modo de gestionar (o no) los enfados, sus consejos, sus vicios y sus virtudes.

Has recibido muchos mensajes subliminales de tu padre, indirectos, suaves, escondidos en consejos y en como debes comportarte.

Entonces te das cuenta que puedes elegir y no repetir aquello que no te gusta. Puedes cortar con ese hilo que pasa de generación en generación para no repetir lo aprendido, para no caer en los modelos de educación que no van contigo.

Y empiezas a crecer, a aprender de ti y de tus hij@s, a reconocer, comprender y gestionar tus emociones. Este trabajo es diario, de toda la vida.

Y comienzas a construir una nueva identidad en los cimientos de lo que eras antes. Eres un edificio siempre en construcción. Siempre en obras, haciendo mejoras.

Así debemos vernos. Transformándonos y adaptándonos a las situaciones.

Hemos sido capaces de concebir y dar vida, somos capaces de todo lo que nos propongamos.

Luchamos por dar la vida a otro ser, somos guerreras, luchadoras, somos mujeres capaces de todo.




jueves, 20 de julio de 2017

Mi segundo parto

Después del dramón de mi primer parto, toca contar la experiencia del segundo. Que no todo va a ser de llorar a moco tendido ... :-P

El segundo embarazo fue exactamente igual que el primero. Salvo por un matiz: no estaba plenamente conectada al embarazo. Durante esas 38 semanas que duró la gestación tuvimos varios cambios a nivel familiar. Mudanza, cambio de localidad, vida en casa de mis suegros, la obra en la casa nueva, otra mudanza ... y la intensa convivencia con un peque de dos años.

Todo esto hizo que se me pasaran las semanas volando. Salvo las últimas, que se me hicieron eternas, igual que con el primero.

Los síntomas del primer trimestre, que apenas fueron congestión de nariz desde el principio y algo más de cansancio dieron paso la belleza e hiperactividad en el segundo. De repente me entraron unas ganas locas de hacer un millón de cosas, parecía como que se me acababa el tiempo. Talleres de música y creatividad con Delfinete, cursos de formación para mí, reuniones en diferentes grupos, ideas para crear una asociación de crianza, la casa nueva ... y todo ello trabajando, hasta que me cogí la baja.

En los dos últimos meses tuve que echar el freno. Ya he escrito antes que enseguida me vengo arriba con mil cosas, me emociono y subo como la espuma, hasta que no puedo mas y tengo que parar. Y eso hice. Parar y escuchar a mi cuerpo que me decía que necesitaba relajarme. Así me paso, que las últimas semanas me dio un bajón horrible que apenas me dejaba salir de la cama.

Ahora que lo pienso, me hubiese gustado haber disfrutado mas del embarazo. Como hice con el primero, pero las circunstancias no eran las mismas y la demanda del mayor y demás trajines de la vida me dejaron poco tiempo para pararme a sentir ese embarazo.

Y me da mucha pena, porque probablemente haya sido el último, a mi pesar.

Desde la primera ecografía ya sentí que era otro niño. Está vez sí quisimos saber el sexo del bebé. Y en la segunda nos lo confirmaron.

Es muy curioso como fue pura intuición la que me decía que la personita que se estaba gestando dentro de mí era un niño. En los dos embarazos.
Que sabio es el cuerpo de la mujer. Que pena que no nos escuchemos más, sobretodo a la hora de dar a luz.

Esta vez no quise idealizar el parto, ya tenía la experiencia anterior, pero sí que es verdad que al ser el segundo, iba con otra mirada. La experiencia con Delfinete me enseñó mucho y me propuse que esta vez no me iba a dejar dominar ni por el dolor ni por el miedo. Tenía claro que yo podía parir, sin miedos, sin paralizarme por los temores. Me aferré a esa idea.

Ay, ingenua de mi. Había tenido varios partos a mi alrededor de gente cercana, todas del segundo. Todas se habían puesto de parto muy rápido, que si no les dio tiempo a ponerse la epidural, parieron de pie o a cuatro patas, según entraron en el hospital, que si en dos empujones salió el bebé ... todas tenían un denominador común: fue rápido y espontáneo. Eso quería yo.

No quería otro parto medicalizado, tumbada en cama sin poder moverme, largo, tremendamente largo y muy doloroso. Quería ponerme de parto de manera natural, dejar fluir a mi cuerpo, escucharle y sentir.

Error. Ya estaba otra vez idealizando.
El 29 de mayo teníamos la última ecografía de control del embarazo, ya estaba en la semana 38.

La noche anterior noté que perdí un poco de líquido, pero al no estar segura (otra vez) y tener médico al día siguiente, lo dejé estar.
Menuda bronca me cayó cuando se lo dije a la ginecóloga. Así que me hicieron una prueba que confirmaría que tenía la bolsa fisurada. Nos quedábamos ingresados.

Recuerdo sentir dos cosas: pánico e ira. Mal empezábamos. Igual que en el parto anterior.
Mi chico me intentó calma, me dijo que no tenía por qué ser igual, pero también noté en su voz algo de nerviosismo.

Mi gozo en un pozo cuando me dijeron que tenían que inducirme el parto. Prostaglandina para empezar a dilatar. Otra vez un tacto. Otra vez tumbada en el potro ese con las piernas abiertas, la tripa oprimiendome y unos dedos tocandome. Otra vez a la sala de monitores.

El equipo médico que me atendió, al verme la cara se reunió conmigo y me preguntó qué me pasaba. Les conté que mi idea de parto no era esa, inducirlo, quería un parto natural, espontáneo.

Me explicaron que al haber pasado ya 12 horas de la fisura me tenía que poner de parto por posible riesgo de infección. Ese era su protocolo. También me dieron la opción de irme a otro hospital si no estaba conforme.

No me iba a ir a otro sitio, así que allí me quedé, con mi prostaglandina puesta, mis miedos orbitando por mi mente y con un enfado monumental con la situación. ¿Otra vez igual?

Hablé con la familia para informales. Mi madre y mi mejor amiga trataron de tranquilizarme, no tenía por qué pasar por lo mismo.

Me quedé un rato sola esperando que hiciera efecto el ProPes mientras Delfín fue a casa a cambiarse. En ese tiempo pensé y medité la idea de que quizá no tenía que pasar por lo mismo. Quizá, mi cuerpo sabio se pondría de parto con la ayuda de esta medicación, quizá no fuera un parto tan largo, quizá no tan doloroso, quizá todo fuese rápido y bien. Y así fue.

Cuando llegó Delfín ya estaba empezando a notar las contracciones. Hablé con el porque dudaba en ponerme la epidural o no. No estaba segura si la quería. No era partidaria, pero al ser un parto inducido, que podía ser mas largo, con la experiencia del primero, no quería sufrir tanto. Así que avisé para que lo tuvieran en cuenta.

Al poco rato empezaron las contracciones con mas intensidad, más dolor, cada menos tiempo.

El tocógrafo subía cada vez más. Escuché a mi cuerpo que me pedía estar a cuatro patas, en la cama, agarrada al piecero, era de la única manera que soportaba el dolor.

Así cuatro largas horas, alternando duchas, cambios de postura y abrazandome a Delfín, eso si que me aliviaba y calmaba un poco.

A ratos volvía el miedo, pero no dejé que me paralizara. A ratos lloraba de dolor. A ratos me decía que no podía bajar la guardia y dejarme dominar por esos sentimientos. Pero me vine abajo en algún momento. El rato de las contracciones es muy duro. Sentir como tu todo tu cuerpo se tensa, recorrido por un dolor que no dura tanto pero que es tan intenso que eleva la sensación de malestar a mil.

Empecé a notar que perdía bastante mas líquido y vinieron las ganas de empujar. Si, esa sensación que es desagradable a la vez que alivia, indicando que pronto estaría dando luz.

Tacto, 3 centímetros, al paritorio.

Me pusieron la epidural entre contracción y contracción. Yo creo que no me llegó a hacer efecto del todo pues durante todo el parto sentí las piernas y podía moverlas. Pero si me alivió las contracciones.

Rotura de bolsa, dilatación total. A empujar.
Es alucinante como nos volvemos salvajes, animales, conectamos con nuestro lado más institivo. Somos vida, naturaleza sabia. Gritamos y gruñimos como mamiferas alumbrando a sus crias. Somos mamíferas.

Después de una hora larga de pujos, lloros y tensión en mi cuerpo, me pidieron que dejara de empujar. La cabeza del bebé asomaba ya pero tenían que quitarle la vuelta de cordón.

Que diferente fue ese parto. En el paritorio solo estuvimos mi chico, la matrona y yo. Sin intrusiones, sin personal innecesario, sin ninguna expresión borde, solo palabras de ánimo, tranquilidad y mucho gel lubricante para no desgarrarme.

A las 19:50 nació lo más bonito de este mundo. Unai. Mi bebé calentito, pegajoso y con ese olor tan dulce que engancha desde la primera vez que lo hueles. Ese olor a vida, a recién nacido, a una mezcla de flujos, a útero, a mamá. Ese olor a amor. Le decía: ¡¡ ya estás aquí mi bebé, ya estás aqui!!

Eso si que fue un piel con piel. Un abrazo de amor, de calor, de vida.

Y me sentí feliz. Sentí felicidad. Estaba contenta.

En la misma situación, dos años y medio antes no había sentido nada. Que pena no poder haber disfrutado de esos instantes con mi bebé.

Así que saboreé ese momento y disfruté de el. Ese rato sí que fue uno de los mejores momentos de mi vida.

Ya la primera noche dormimos pegaditos, bebé y mamá.

No estaba tan desgastada ni dolorida como en el parto anterior.

A pesar de los loquios y entuertos, a pesar de la sangre y las agujetas, a pesar de no haber tenido mi parto natural, disfruté mucho de esas primeras horas con Unai. De esas y de las siguientes, todo ha sido mas fácil, mas bonito y mas rosa.

Hoy dedico éstas líneas a todas las mamis que han tenido una experiencia mala en un primer parto y las animo a confiar y creer en ellas. El poder de la mente es fuerte. La sabiduría maternal mas. 





miércoles, 19 de julio de 2017

Carta a mi hijo Delfin

Os dejo la carta que le escribí a mi hijo Delfinete cuando todavía era hijo único y no había pasado a ser hermano mayor.

"Hoy, 27/5/2017 a unos días de convertirte en hermano mayor (o a unas horas en el mejor de los casos) quiero agradecerte y ya de paso contarte, esta revolución que ha supuesto el que llegaras a mi vida.

Me has hecho plantearme la vida de otra manera, ver el lado bueno de las cosas, contagiándome tu alegría, mirar desde otra perspectiva, desde tu mirada: la de un niño sin prejuicios. Me has enseñado una lección muy bonita: no juzgar.

Has hecho que entrene mi paciencia hasta limites insospechados, que te mire y me siga emocionando esa espontaneidad tuya (ojalá no la pierdas nunca), me has enseñado que los días son largos pero los años cortos y que has crecido super rápido, por lo que intento disfrutar de ti en cada momento.

Pero lo mejor y lo mas bonito que me has dado ha sido la capacidad de amar, amar de verdad. Amarte a ti, a papá, a la vida, a ver a mis padres de diferente manera.
Y me has recordado que yo también tengo que quererme, cuidarme, por mi y por daros la mejor versión de mi misma.

Ser tu mamá es una de las mejores experiencias que estoy viviendo, muy intensa, llena de emociones.

Ahora comenzamos nueva etapa, ahora te recordaré todos los días que el amor no se reparte, se multiplica.

Eres mi pequeña gran revolución.

Te quiero Delfinete. Mamá. "

Espero que algún día mi hijo lea esta carta. Quizá le parezca cursi, quizá incluso le de vergüenza leerlo, o quizá estoy equivocada y le encante.

Tengo que reconocer que se me está haciendo duro esto de la bimaternidad. Al nacer Unai, tenía la sensación de que dejaba de lado a Delfinete.

A pesar de que el postparto de Unai no ha tenido nada que ver con el primero, también he llorado. Me sentía culpable por no prestar toda la atención que me demandaba el mayor, por intentar complacerle y no poder. Si se ponía a llorar y yo estaba dando la teta me sentía fatal. Sabia que lo que necesitaba de mi era un acercamiento, un abrazo y en ese justo momento, no podía dárselo. Aún ahora me sigue pasando, en realidad solo ha pasado mes y medio desde que di a luz.

También se despertó en mi un sentimiento espontáneo de identificación con el. No se si porque yo también soy hermana mayor y me tocó pasar por esto y despertó a mi niña interior dolida. Eso sería digno de estudiar en terapia ... seguro que tiene una explicación.

Las hormonas puerperales, el cansancio y las nuevas rutinas se han juntado con la maravillosa pero intensa etapa de los dos años de Delfinete. A tope con las explosiones emocionales, todo un estallido de energía, llanto desconsolado, primeros contactos con la ira, el enfado. El "no" tan necesario para formar su identidad, el divertido "¿por que?", el curioso "¿y esto como funfona?" , el constante "tiro lo que haya en el vaso" ... que intenso es convivir con un niño de dos años. Y que divertido. Es precioso ver esa mezcla de inocencia y picardía, me encantan esas pequeñas charlas en el coche, su curiosidad por absolutamente todo lo que pasa a su alrededor.  Tardar casi media hora en ir a cualquier lado por sus constantes paradas para ver a las hormigas y a los "pazateros", la recopilación de palos y piedras, las miradas al cielo con un "mira mamá, un avión uper nane" (super grande) y las escapadas rápidas y peligrosas hacia la carretera que tanto me enfadan.

A ratos me exaspera ese genio...siempre intento comprender qué estará pasando por su mente para que se comporte así e intento acompañarle en esos momentos en los que ni el mismo sabe qué le está pasando. Aquí la Disciplina Positiva me ha ayudado bastante.

A pesar de leer mucho, de contar con herramientas suficientes para resolver conflictos y gestionar "rabietas" a veces no puedo mas. No se llevar el momento, me "destapo", mi cerebro se bloquea y acabo con un grito de guerra. Pierdo la paciencia, los papeles, los nervios. Y después de esto llega el berrinche. El de Delfinete y el mío, porque más de una vez hemos acabado llorando los dos y pidiéndonos perdón.

Todavía me asombra que un niño no te guarde rencor a pesar de haberte comportado como un ogro con el.

A veces me doy cuenta de que le echo de menos. Echo de menos pasar ratos a solas con el, estar solo para el. Tener tiempo de calidad con el.

Hasta que Unai sea menos demandante y no esté todo el día enganchado a la teta, intento darle muchos besos y abrazos. También intento acostarle yo, leerle un cuento y hacerle cosquillitas en la espalda para dormirse. Es nuestro momento. Y bajarme a tirar la basura con el, jeje, esto lo descubrí esta semana y aunque son cinco minutos, es un ratito que vale oro.









martes, 18 de julio de 2017

Mi primer parto

En otra entrada ya conté que mi primer parto fue una revolución en toda regla. Cambió mi vida, cambió mi cuerpo, mi alma. Cambió las estructuras de mi mente. Cambió la forma de ver las cosas. Cambió mi vida en pareja. Me cambió a mí, a la mujer en la que me había convertido. A partir de ese primer parto conocí a mi niña interior. Entré en conflicto conmigo misma, conecté con mis miedos, los antiguos y los nuevos.

Quiero contar la experiencia de mi primer parto porque dentro de que salió todo bien, es muy triste. Triste porque no fue como había pensado, triste porque abrió una herida en mí que me costó sanar.

Durante el embarazo idealicé un parto que nunca sería como había imaginado. Tenía claro como lo quería: natural, no medicalizado, espontáneo, sin epidural, sin desgarros ... confiaba en la naturaleza, en mi instinto, en mi cuerpo, en mí y en mi bebé. Rompería aguas, me daría una ducha, empezarían las contracciones, nos iríamos al hospital, monitores, paritorio, unos empujoncitos y  conocería a nuestro bebé. Aquel bebé que por cierto, no sabía su sexo, no quise saberlo en ninguna ecografía. Mi bebé no tenía nombre todavía, Delfín si era niño, Noa si era niña. Pero durante todo el embarazo me acompañó el instinto de que era un niño.

Empecé a perder un poco de líquido amniótico de madrugada. No tenía muy claro si se me había escapado el pis, si era flujo, si estaba empezando a soltar el tapón ... ya pasaban diez días de la fecha probable de parto, así que estaba al loro. Sobre las 5:00 de la mañana ya estaba segura de que perdía líquido. Nos fuimos al hospital entre tranquilos y nerviosos. Allí nos confirmaron que la bolsa estaba fisurada y que nos teníamos que quedar ingresados.
Pasé todo el día del lunes tranquila, con mi chico, con la visita de mis padres y mis suegros. Ligeras contracciones iban y venían. Muuuuuy ligeras, como pequeños avisos, advirtiendome de lo que estaba por llegar. A partir de las 20:00, dando paseos por la planta del hospital, comenzó el calvario. 

Aparecieron unas contracciones con un dolor considerable, pero que todavía me permitían estar en pie. Lo último que recuerdo con total nitidez fue que me despedí de mi hermana. A partir de ese momento tengo ciertas lagunas. Recuerdo subidas y bajadas a la sala de monitores, recuerdo que me hicieron varios tactos, no dilataba, no me ponía de parto, pero las contracciones eran insoportables. Me pusieron dos veces un medicamento que me dijeron que me ayudaría a borrar el cuello del útero, la prostaglandina. Nada, eso no me hizo nada, o quizá si y yo no me acuerdo. El dolor de las contracciones se hizo mortal, era otra vez ya de madrugada y todavía no estaba de parto. Recuerdo estar tumbada en la sala de monitores sin poder moverme, dolor. Otra vez subí a la habitación a esperar que el medicamento hiciera efecto. Bajada a monitores, esta vez sentada en un sillón, otra vez sin poder moverme. Recuerdo que la chica de al lado rompió aguas. Pensé en las horas que llevaba intentando dar a luz, en el cansancio que recorría mi cuerpo y en el dolor que me dominaba a nivel físico y mental. Entonces me vine abajo. Recuerdo llorar, pedir medicación para el dolor,  sentir miedo, un bloqueo total. Toda la fuerza que me dio el embarazo guardada para este momento estaba bloqueada por el dolor. Le dije a Delfín, mi chico, que estaba tan cansada que no iba a tener fuerzas para empujar en el parto.

En algún momento recuerdo a mi chico llorar al verme así. Mi apoyo, mi ayuda también se vino abajo, pero le duró poco. Tenía que contenerse por mí. 

Me dieron algo para bajar la intensidad del dolor, llevaba muchas horas soportando las contracciones pero el parto no avanzaba, el bebé no bajaba, mi cuerpo no estaba preparado todavía para concebir a mi hijo. 

Tengo la imagen de mi chico con un vaso de agua. Lo recuerdo como si estuviese drogada, no alcanzaba a cojer el vaso, a acercarmelo a la boca. Estaba drogada. Aún hoy sigo sin saber que medicamento me dieron. 

Y después la oxitocina. Me pusieron oxitocina para acelerar el parto. Dolor, horrible, insoportable. Contracciones de caballo que me mataban. Creí morir. Ese dolor no podía ser normal, pensé que algo iba mal.

Subimos otra vez a la habitación sobre las 8:00 de la mañana. Estaba de dos centímetros nada mas. De puro agotamiento Delfín se durmió. Me metí en la ducha sin saber que hacer. Y entonces otra sensación diferente. Ganas de empujar. Quería empujar. Podía empujar. Tenía que empujar.
Bajamos otra vez, de nuevo otro tacto. Que desagradable son los tactos. Que te metan la mano cuando lo que quieres es que salga el bebé. 8 centímetros, al paritorio.

Pedí a gritos la epidural aunque ya sabia que era tarde. Estaba agotada, reventada, sin ganas de nada. Solo de que terminara esa mierda. Si, esa mierda. Todas esas horas soportando el dolor de las contracciones marcaron un antes y un después en mi vida. El dolor trajo el miedo. Otra vez me vine abajo.

Me tumbaron en la camilla y a partir de ahí, el dolor pasó a sensaciones desagradables. Hubo cambio de turno y apareció lo que en ese momento me pareció un ángel que olía a Narciso Rodríguez y me recordó a mi hermana, eso me dio tranquilidad. María, la matrona. Me ofrecieron un gas llamado Kalinox, que me vino genial. Me ayudó en cada contracción a empujar. 

Durante los 45 minutos siguientes sucedieron varias cosas. Entró un grupo de personal en prácticas sin preguntar. Bajaron las pulsaciones del bebé. Entró una ginecóloga que con poco tacto dijo que si en cinco minutos no paría, me hacía una cesárea. Volvieron a bajar las pulsaciones del bebé. Entró la misma ginecóloga e intentó subirse encima de mi barriga y apretar. La muy ******* quiso hacerme la maniobra de Kristeller sin mi permiso. La bloqueé con mi brazo y la dije que no. Fue el momento de mayor lucidez que tuve desde que llegué al hospital. Bajaron de nuevo las pulsaciones del bebé. Alguien dijo que se estaban rifando unos fórceps.
La matrona dijo que no, que sería un parto normal. Y eso me animó.

Medio ida por el cansancio y el gas, por el dolor y el miedo empujé con todas mis fuerzas. Entre gritos, ánimos de mi chico (que me decía que ya le veía el pelito al bebé), chutes de gas, mas oxitocina sintética que natural a mi pesar y sensaciones desagradables me dejé ir ... y nació mi bebé. Un niño de color azul, pequeñito, con dos vueltas de cordón.

Me lo pusieron encima pero enseguida se lo llevaron a una mesita de al lado, todo bajo la mirada con lágrimas de mi chico, que ya era padre. 

Me lo trajo él, envuelto en toallas. Llorando, los dos llorando. El niño y el padre. Pero yo no. No lloré. Ni de emoción, ni de alegría, ni de contenta.
Solo pensaba en que ya había pasado todo. 
No tenía ningún sentimiento. Estaba bloqueada.

Y ahora viene el bombazo. El pensamiento que me hizo culparme durante los siguientes meses. Miraba a ese bebé y no lo quería. No quería a mi bebé, a mi hijo. A mi niño que durante 9 meses había soñado con el. Que triste, que duro, que real.

A partir de entonces y durante unas cuantas semanas conviví con la tristeza y las lágrimas. Entré en un bloqueo emocional total. Bebé y dolor iban directamente relacionados.

Es muy duro contarlo, pero me costó querer a mi bebé. Hasta que me enamoré de él...

Me costó hablar de ello, mucho. Me costó entenderlo. Me costó perdonarme.

De todo esto aprendí mucho. Me he liberado escribiendo este post...lo comparto porque no estoy sola, hay muchas mujeres que pasamos por esto. Eso de que el mejor momento de la vida es cuando conoces a tu bebé no fue así en mi caso. También existe otra realidad. La realidad de mi primer parto.

Estás líneas se las dedico a todas aquellas mujeres que hemos tenido una experiencia similar.

Y también quiero decir que tengo un post pendiente hablando del papel tan importante que jugó ese día Delfín, mi chico, mi pareja, mi marido. Tu me diste fuerza. Gracias.